Punto límite
Acostumbrado a culpar al cielo o al infierno, la crisis de Ceuta ha golpeado a la nación y ha dejado a Sánchez sin chivo expiatorio, ese mecanismo que ha manejado durante esta legislatura como si fuera una navaja de Albacete. Los incendios son obra del cambio climático, aunque la mano que enciende la primera llama es humana; de la Dana culpó a Mazón, aquel indolente testigo de la riada; de lo demás la culpa es del alborotado Trump, del belicoso presidente de Israel, o del azar, que cruzó dos trenes cuando no debía. Lo de Ceuta no. La invasión de la ciudad autónoma no tiene otra lectura que la enésima maniobra del rey Mohammed para doblar el brazo de España y ganar las ciudades del norte de África para su “gran Marruecos”. Nada se mueve en aquel reino sin el permiso del palacio. A Marruecos hemos entregado el Sáhara. Sánchez firmó la cesión por carta, y sin pasar por el parlamento de la nación. Para el narco marroquí hemos desmantelado las unidades de la Guardia civil encargadas de pararle los pies. Por eso ahora la costa de Huelva es un territorio donde hay tiros, y sucesos propios del México de los cárteles de la droga. Sin chivo al que culpar, Sánchez se nos fue de vacaciones. El pronombre está justificado, porque se las pagamos entre todos, a él y a su bendita familia, donde ya tiene un condenado y una imputada por cinco delitos. Lo de Ceuta es algo más que la apestosa corrupción que le rodea. La incapacidad del gobierno de defender nuestras fronteras, de garantizar la vida y la seguridad de los ciudadanos, afecta no solo al Gobierno, sino al fundamento del Estado. No es solo una crisis del ejecutivo, sino una situación extrema que plantea medidas de excepción. Así lo entienden incluso los socialistas ceutíes, atónitos ante la espantada de un presidente sonado, refugiado en el rincón de la Mareta, en sus últimas vacaciones.

