Reescribir la historia para dividir

La historia nos ha enseñado, una y otra vez, que las dictaduras entendieron la importancia de controlar el relato histórico para mantenerse en el poder, y los ejemplos de esta manipulación son incontables. Pensemos en Iósif Stalin, líder de la Unión Soviética. Un maestro en asesinar, pero también en el arte de reescribir el pasado de la Revolución Rusa, de borrar a quienes se interponían en su camino y de moldear la historia para su propio beneficio. De hecho, se deshizo de los antiguos camaradas bolcheviques como Trotski, a quien expulsó del Partido Comunista. Mao Zedong, en la China comunista, orquestó la Revolución Cultural. Su propósito también fue imponer una versión oficial de los hechos, erradicar cualquier pensamiento contrario a la línea del Partido Comunista y, así mantener su control sobre la sociedad.
¿Y qué sucede hoy? Miremos a la política española; aunque el contexto pueda parecer diferente, existe una estrategia clara del nuevo comunismo bautizado como Sanchismo que no es tan distinta. Pedro Sánchez, abrazado a la izquierda radical nacida para enfrentarse a un socialismo más centrista, usa la historia como arma ideológica. El objetivo es claro: dividir a la sociedad y, al mismo tiempo, mantenerse en el poder. Con la Ley de Memoria Democrática y la puesta en escena de actos como “España: 50 años en libertad”, Sánchez pretende reescribir la historia de la Transición Española y no poniendo en valor a los padres de la Constitución española que iniciaron con acuerdos la etapa de mayor progreso en nuestro país, sino, enalteciendo de manera descarada, solo una parte de esa llamada memoria democrática usando como una espada de doble filo: por un lado, como escudo para su agenda política, y por el otro, como un arma para polarizar y manipular la opinión pública.
En estos últimos años, hemos sido testigos de un continuo intento de reescribir la historia con fines partidistas y electoralistas. Bajo la falsa premisa de proteger la memoria democrática y dignificar a las víctimas, Sánchez busca avivar la división entre los españoles. Intenta reabrir viejas heridas que nuestros padres y abuelos cerraron en la Transición. Mientras que debería centrarse en lo realmente importante, como los afectados por la DANA, por el volcán de la Palma o por el terremoto de Lorca, dotar a la sanidad pública de ese nuevo fármaco que lucha contra la leucemia en niños, financiar la ley ELA, el aumento de la natalidad, o en dar soluciones a la vivienda para los jóvenes.
Pero prefiere jugar con la historia. Nos tiene atrapados en el revisionismo histórico promovido por la izquierda radical que no busca justicia ni verdad. Pretende imponer un relato maniqueo, donde los españoles deben dividirse entre buenos y malos, entre demócratas y fascistas. No quiere entendimiento, quiere confrontación. El Partido Socialista, que jugó un papel fundamental en la Transición, ha abandonado ese legado de consenso. Ha dejado atrás la concordia para abrazar el revanchismo. Hoy, sus postulados se asemejan más a los de Largo Caballero que a los de Felipe González.
El precio de esta estrategia es alto, tanto para los españoles como para el propio PSOE. Este giro hacia el extremismo divide a España y debilita al partido socialista. Hace apenas unas décadas, el PSOE tenía un apoyo masivo en las urnas. En la actualidad, apenas sobrevive con un centenar de escaños en el Congreso y gobierna en tan solo tres comunidades autónomas. Es incapaz de conectar con un electorado que rechaza el discurso sectario que ahora representa.
Prueba de ello es también la crisis interna. Dirigentes históricos del PSOE como Felipe González, Alfonso Guerra, Joaquín Leguina, Joaquín Almunia, Javier Lambán, entre otros, han mostrado su preocupación por la deriva del partido. Aquellos que osan cuestionar las decisiones de Sánchez son apartados sin piedad, eliminados de cualquier tipo de opinión.
La historia no puede ser un decreto. No puede someterse a los intereses de un gobierno o de un partido. No puede convertirse en un instrumento de propaganda. Las democracias no construyen su identidad en la confrontación, sino en el respeto a la pluralidad y la convivencia. Por eso, pedimos la derogación de la Ley de Memoria Democrática. No podemos permitir que siga esta estrategia divisiva.
La Transición española fue un proceso ejemplar, admirado en todo el mundo. Intentar reescribirla desde el rencor y la división solo dinamita la paz y la unidad de los españoles.