Sánchez y Efialtes
Hay nombres que el tiempo no consigue borrar. Permanecen suspendidos en la memoria de los hombres como una advertencia, como una cicatriz que atraviesa los siglos para recordarnos que las guerras no siempre se pierden por falta de soldados, de armas o de valor. A veces se pierden por un camino. Y, sobre todo, por quien decide señalarlo.
En el año 480 antes de Cristo, Leónidas y sus hombres defendían el estrecho paso de las Termópilas frente al inmenso ejército persa de Jerjes. Parecía imposible que una fuerza tan pequeña pudiera resistir a semejante enemigo. Pero la geografía estaba de parte de los griegos. Hasta que apareció Efialtes.
Efialtes de Traquis conocía un sendero montañoso, el de Anopea, que permitía a los persas rodear las posiciones griegas y atacar por la espalda. Lo mostró. Y aquel gesto cambió el curso de la batalla. Leónidas comprendió que la trampa estaba cerrada y decidió quedarse con sus hombres hasta la muerte. Efialtes quedó para siempre en la Historia como el traidor que enseñó el camino.
Veinticinco siglos después, quizá las circunstancias hayan cambiado, pero hay escenas que producen una inquietante sensación de déjà vu.
Hoy, la nueva Anopea podría llamarse Ceuta.
Ceuta está viviendo semanas de miedo, desconcierto y desolación. La llegada masiva de más de 70.000 invasores desde Marruecos, el pasado 30 de julio, está provocando una situación extraordinaria y una gravísima alteración de la vida cotidiana. Se suspendieron las fiestas patronales. Comercios y establecimientos han visto desplomarse su actividad. El turismo se ha hundido alrededor de un 90% y las pérdidas directas calculadas por la Cámara de Comercio alcanzan ya los 33 millones de euros.
Hay algo especialmente doloroso en imaginar una ciudad española en pleno verano sin poder disfrutar de aquello que debería ser lo más sencillo: salir a la calle sin miedo, asistir a una consulta médica, acudir a una playa, abrir un negocio, celebrar una feria, sentarse en una terraza, contemplar el mar… y ahora, que nos niños y jóvenes puedan iniciar el curso escolar.
Pero mientras Ceuta vivía ese verano roto, el presidente Pedro Sánchez iniciaba sus prolongadísimas vacaciones en La Mareta. Naturalmente, un presidente tiene derecho a descansar. Nadie discute eso. La cuestión es otra: cuándo, cómo, con qué sentido político y con qué nivel de ética se ejerce ese derecho cuando España atraviesa una de sus peores crisis de integridad nacional.
Durante esas semanas, el Gobierno fue desplegando un carrusel de ministros que iban y venían, que decían y se desdecían… circo e improvisación. Más de lo de siempre. Un gobierno inútil e inepto que no gobierna y que se ahoga en sus propias mentiras. Porque mientras el gobierno sanchista -incluidos sus voceros y palmeros (estómagos agradecidos)- tratan de vendernos un relato, la realidad fehaciente, sostenida en las imágenes y en los testimonios que nos transmiten los ciudadanos ceutíes es absolutamente distinta.
La realidad, a veces, tiene la mala costumbre de no ajustarse al relato.
Sánchez intenta inculcarnos una y otra vez su relato: Marruecos es un vecino fiel y fiable que, por supuesto, nada ha tenido que ver con la invasión a Ceuta. Sin embargo, no se ha pronunciado respecto a la reclamación permanente que desde el entorno del rey Mohammed VI se viene ejerciendo para la “recuperación” de Ceuta y Melilla, como si alguna vez las ciudades españolas hubieran formado parte del territorio de Marruecos.
¿Por qué Sánchez defiende al rey de Marruecos por encima de sus propios compatriotas? ¿Por qué no dota de medios a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado para que puedan cumplir con su deber constitucional de defensa de España y de los españoles?
Y aquí regresa Efialtes.
Efialtes enseñó un camino y su nombre quedó asociado para siempre a la traición.
Sánchez ha abandonado Ceuta y, por tanto, ha abandonado España. Ese es el camino que ha elegido.
La Historia juzgará a Sánchez igual que juzgó a Efialtes.
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