No fue fútbol. Fue España

No fue fútbol. Fue España

Durante unas horas en plazas, bares y balcones de toda España ondeaban banderas rojigualdas sin complejos, personas con camisetas de la selección en cada esquina, el himno sonando a pleno pulmón mientras miles de gargantas lo acompañaban con un “lo,lo,lo” que sustituye a la inexistente letra con un sentimiento patrio emocionante.

España ganó el Mundial y el país entero, de Vigo a Almería, se echó a la calle a celebrarlo. Más de 2 millones de personas colapsaron el centro de Madrid.

Esta explosión de entusiasmo colectivo merece una reflexión, de esas que a algunos les hubiera gustado que nadie hiciera. Porque los mismos que se fotografiaron envueltos en la bandera, los que cantaron el himno en Cibeles o en Gran Vía, fueron en muchos casos los mismos que apenas unos meses —o unas semanas— antes consideraban esa misma bandera un símbolo incómodo, casi vergonzante, cuando no directamente un emblema “facha”.

Los que llevamos años defendiendo España sin matices, sin pedir perdón por ello, sabíamos bien lo que era que te llamaran retrógrado, rancio o peor por sostener en tu balcón la misma tela que durante el Mundial decoró medio país. No hace tanto tiempo que ondear una bandera de España en determinados ambientes te convertía en sospechoso. No hace tanto que cantar el himno en un acto público generaba miradas de reojo, comentarios sarcásticos, ironías de salón sobre el “nacionalismo español” como si amar tu país fuera una rareza folclórica de otro tiempo.

Esa incomodidad con los símbolos no fue una anécdota aislada: fue, durante años, casi una seña de identidad de una parte de la izquierda y del independentismo, que prefirió mirar hacia otro lado —o directamente combatir— todo aquello que representa lo común, lo que nos une por encima de siglas y de territorios. Esa vieja tara española de la que tanto se habla en el Congreso: odiar precisamente aquello que nos hace ser un solo pueblo.

Y de repente, el fútbol lo arregló todo. De repente sí se puede.

La bandera se convirtió en accesorio de fiesta, en filtro de Instagram, en excusa para el postureo patriótico de quien meses antes miraba con desdén a quien la sacaba a pasear cualquier día del año, no solo cuando España metía un gol.

Se instaló una suerte de patriotismo de ocasión, cómodo, sin coste social, que solo afloró mientras ganaba la selección y que se apagó en cuanto se apagó el televisor. Un patriotismo de quincena que no cuestionó nada, que no exigió nada, que no comprometió a nada. Y ese es el problema: se puede ser español los noventa minutos que duraba cada partido, pero a muchos les sigue costando serlo el resto del año, cuando España no juega un Mundial pero necesitaba españoles que la defiendan.

Por eso este artículo no va de fútbol. Este artículo trata sobre lo que le pasó a España mientras todos mirábamos el marcador, porque mientras el país entero celebraba —con toda la razón— el título de nuestros futbolistas, hay quien aprovecha el ruido de la fiesta para seguir desmontando, silla a silla, institución a institución, los pilares de lo que nos sostiene como nación.

Se recortan protecciones penales frente a quienes ultrajan nuestros símbolos, se debilitan instituciones que durante generaciones habían garantizado la convivencia, se pactan cesiones territoriales que hace no tanto se consideraban líneas rojas, y se normalizan en sede parlamentaria un discurso que trata la unidad de España como un problema a resolver antes que como un patrimonio a proteger.

Todo eso ocurre estas mismas semanas, a la vez que el país se abrazaba en torno a una selección de fútbol campeona y mientras algunos aplauden con una mano cada gol, con la otra, siguen mirando hacia otro lado ante lo que de verdad le estaba pasando a nuestro país.

No se trata de aguar la fiesta. Todo lo contrario: mereció la pena disfrutarla con toda la intensidad que merecía, porque representó lo mejor de nosotros mismos, el esfuerzo colectivo, la disciplina, el talento y la ilusión compartida de millones de personas que durante un mes volvieron a sentirse orgullosamente parte de algo. Esa alegría fue legítima y sana, y ojalá dejara poso más allá del pitido final que nos proclamó campeones.

Pero el orgullo por la selección no puede convertirse en la coartada perfecta para la indiferencia ante todo lo demás. No puede ser que solo nos permitiéramos sentirnos españoles mientras duró el mundial y que, en cambio, aceptáramos con resignación o con silencio cómplice el deterioro institucional, la fractura territorial o el desprecio sistemático hacia nuestra historia común el resto de los trescientos sesenta y cinco días del año.

Quienes hemos defendido España sin ambigüedad, sin necesitar una final mundialista para hacerlo, no pedíamos que nadie dejara de disfrutar de aquel momento. Pedimos, simplemente, coherencia. Que el mismo entusiasmo que se volcó en la bandera durante el Mundial se traduzca ahora, pasada la fiesta, en una exigencia de que se respete lo que esa bandera representa: la unidad, la ley común, la convivencia entre territorios diversos bajo un mismo proyecto compartido. Que el mismo orgullo que sentimos por once futbolistas y su cuerpo técnico se extienda también hacia quienes, sin cámaras ni titulares, sostienen cada día las instituciones que hacen posible que sigamos siendo un país.

Hay un libro que explica por qué nos cuesta tanto sostener este orgullo más allá de un torneo de fútbol. Rafael Núñez Huesca lo ha diagnosticado con precisión en La nación sin autoestima: España lleva generaciones instalada en una suerte de desprecio hacia sí misma, un rechazo interior que mi amigo Rafa bautiza como endofobia, y que explica buena parte de nuestros males colectivos, desde la fractura territorial hasta la incapacidad de sentirnos orgullosos de nuestra propia historia sin pedir perdón por ella. Su tesis es sencilla: ninguna nación progresa sin una mínima confianza en sí misma, y España lleva demasiado tiempo mirándose al espejo con desdén en lugar de con la lealtad emotiva que merece cualquier proyecto colectivo que aspire a durar.

Y ahora, además, tenemos un dato que respalda esa autoestima recobrada: España es campeona del mundo, que viene a recuperar ese otro eslogan popular de “soy Español, ¿a que quieres que te gane?”

Este título no borra la endofobia que describe Rafa, pero nos muestra que cuando España se une y cree en sí misma, gana. Durante unas semanas hemos vuelto a mirarnos sin ese complejo que tantas veces nos ha impedido reconocernos como lo que somos: un país con una historia inmensa, una cultura envidiada en medio mundo, una lengua que practican 600 millones de personas y una capacidad de unión que solo hace falta activar.

El fútbol no cura por sí solo esa vieja enfermedad, pero un Mundial ganado sí nos ha recordado, con la contundencia de una copa levantada y una segunda estrella encima de nuestro gran escudo, que esa autoestima existe, que está ahí dentro, esperando que dejemos de avergonzarnos de ella.

Ese es, en el fondo, el verdadero triunfo de este Mundial: no solo la copa, sino la estima como nación que nos ha devuelto. Y buena falta que nos hacía.

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