Niños conectados, ¿qué modelo de infancia estamos construyendo?
La forma en que crecen nuestros hijos está cambiando a una velocidad que quizá todavía no hemos terminado de comprender. Nunca los niños habían tenido tantas pantallas cerca y, al mismo tiempo, tan pocas razones para apartarse de ellas. Y no se trata únicamente de lo que aprenden en casa o en el colegio. Tiene que ver con la realidad en la que se desarrolla la infancia, el lugar donde viven los niños, el ritmo de las ciudades y de los pueblos, la presencia cada vez mayor de la tecnología y los hábitos que, casi sin darnos cuenta, hemos terminado por normalizar.
Solo hace falta fijarse un momento en lo que ocurre cuando caminamos por cualquier calle. Personas que avanzan con la mirada clavada en el teléfono móvil, absortas en la pantalla y con frecuencia ajenas a lo que sucede a su alrededor. Es una escena cada vez más habitual y dice mucho de hasta qué punto las pantallas se han instalado en el centro de nuestras vidas. Y si los adultos ya vivimos así, la pregunta es inevitable: ¿qué modelo de infancia estamos construyendo?
Hace unos días, viendo un experimento social en televisión, me llamó especialmente la atención una conversación entre niños que vivían en la ciudad y niños que crecían en el campo. Las diferencias no estaban solo en lo que sabían, sino en la manera en que miraban el mundo.
Algunos reconocían al instante a varios influencers y también identificaban sin dudar los tonos de Windows o la melodía de Netflix. Otros, en cambio, sabían reconocer sonidos del campo o identificar el olor del estiércol. No se trataba de que unos supieran más que otros. Simplemente sabían cosas distintas. Dos maneras diferentes de aprender a mirar el mundo.
Durante décadas, y más aún tras la pandemia de la COVID-19, se ha reavivado el debate sobre si es mejor crecer en la ciudad o en un entorno rural. En realidad, ambos ofrecen oportunidades y también desafíos distintos. La cuestión no debería plantearse como una elección entre uno u otro modelo, sino como la necesidad de garantizar buenas condiciones para la infancia con independencia del lugar donde se viva.
Quienes vivimos en municipios más pequeños conocemos bien ese ritmo cotidiano, la plaza como lugar de encuentro y una relación más cercana con el campo y el paso tranquilo de los días. En mi caso, Morata de Tajuña, donde la vega marca el paisaje y todavía es fácil ver a los niños recorrer las calles en bicicleta, cruzarte con ellos por el carril bici o encontrarse en el parque al caer la tarde.
En cualquier caso, no se trata de establecer comparaciones ni de idealizar un modelo frente a otro, sino de reconocer que cada entorno aporta experiencias distintas al desarrollo de los más jóvenes.
Mientras tanto, en muchas casas se repite una escena familiar. Un niño desliza el dedo por la pantalla del móvil haciendo scroll infinito entre vídeos, bailes o retos virales. Uno tras otro, sin apenas darse cuenta de cuánto tiempo ha pasado. El algoritmo decide lo que ve, lo que le interesa y lo que vendrá después. Es una forma de entretenimiento inmediato que forma parte de la realidad actual, pero que también plantea preguntas sobre cómo equilibrar el uso de la tecnología con otras experiencias fundamentales para el desarrollo infantil.
La digitalización ha traído avances extraordinarios y oportunidades que hace apenas unas décadas eran impensables. Al mismo tiempo, el uso cada vez más frecuente de los móviles y el consumo constante de contenidos digitales forman parte del entorno cotidiano en el que crecen los menores. Por eso la cuestión de fondo no es rechazar la tecnología, sino reflexionar sobre cómo integrarla de forma equilibrada en la vida de los niños.
En ese debate hay además un elemento que a menudo pasa desapercibido: el territorio, es decir, el lugar donde las familias deciden vivir y criar a sus hijos. Durante años muchos municipios pequeños han afrontado retos demográficos y de acceso a servicios, mientras que las grandes ciudades han concentrado una parte importante de la población y de la actividad económica.
Sin embargo, tanto el ámbito urbano como el rural forman parte de una misma realidad regional y ambos deben contar con oportunidades similares.
En la Comunidad de Madrid trabajamos precisamente para que vivir en una gran ciudad o en un municipio pequeño sea, ante todo, una elección personal y no una cuestión de oportunidades. La mejora de infraestructuras, la conectividad digital y el acceso a servicios públicos forman parte de ese objetivo de equilibrio territorial.
Los datos demográficos reflejan, además, que el territorio madrileño sigue creciendo de forma equilibrada. La región supera ya los siete millones de habitantes y los municipios más pequeños también están ganando población. Desde 2019, la población ha crecido cerca de un 16 % en los municipios de menos de 2.500 habitantes y en torno a un 14 % en los de menos de 5.000.
Desde la Comunidad de Madrid ponemos a disposición de los ayuntamientos instrumentos para que puedan seguir mejorando sus municipios. Entre ellos se encuentra el Programa de Inversión Regional (PIR) 2022-2026, dotado con más de mil millones de euros, que permite a cada ayuntamiento decidir qué infraestructuras y proyectos son prioritarios para su localidad.
Porque el debate sobre infancia y tecnología no puede separarse de la realidad en la que viven las familias. Ciudades y pueblos forman parte de un mismo territorio y ambos ofrecen experiencias distintas para crecer. El verdadero reto consiste en encontrar el equilibrio y aprovechar las oportunidades que ofrece la tecnología sin perder aquello que sigue siendo esencial para el desarrollo de los niños.
La infancia no se construye solo con pantallas o algoritmos, sino también con calles, plazas, parques y tiempo compartido. Y encontrar ese equilibrio será uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo.