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Cuando un pueblo está de fiesta

Cuando un pueblo está de fiesta

Las fiestas patronales son probablemente una de las políticas contra la despoblación más antiguas que existen. Y se inventaron mucho antes de que habláramos de reto demográfico.

Durante estos meses, los pueblos de la Comunidad de Madrid vuelven a hacer lo que llevan haciendo durante generaciones: reunirse en las plazas, celebrar sus fiestas patronales, organizar procesiones, encierros, romerías, comidas populares y verbenas. Y consiguen ese pequeño milagro anual de que vuelvan a coincidir quienes viven allí todo el año, quienes se marcharon y quienes acaban de llegar.

Un pueblo no se mantiene vivo únicamente con carreteras, transporte, fibra o servicios públicos, aunque todo eso sea imprescindible. También necesita razones para encontrarse. Niños que sepan cuál es la fiesta de su pueblo, jóvenes que esperen volver para reencontrarse con sus amigos y mayores que sigan reconociendo las tradiciones que conocieron desde pequeños.

Agosto y septiembre son los mejores meses para comprobarlo en la Comunidad de Madrid.

Ya han pasado muchas, incluida La Paloma en nuestra capital, y en las próximas semanas habrá fiestas de norte a sur y de este a oeste: de Montejo de la Sierra a Morata de Tajuña, de Torrelaguna a Fuentidueña de Tajo. Habrá romerías como la de la Virgen de Gracia en San Lorenzo de El Escorial, la Feria Medieval de Buitrago del Lozoya y celebraciones patronales en decenas de municipios.

Y septiembre será especialmente importante en la Sierra Oeste. Ya han vuelto a Pelayos hace unos días y volverán esas fiestas a Villa del Prado, San Martín de Valdeiglesias, Navas del Rey, Zarzalejo, Navalagamella, Santa María de la Alameda, Colmenar del Arroyo y Cadalso de los Vidrios. Y Villamantilla cerrará prácticamente el mes, celebrando San Miguel Arcángel. Poco después, ya en octubre, será el turno de Chapinería.

Este año no serán unas fiestas más.

Hace apenas unas semanas, muchos de estos municipios estaban pendientes del avance del fuego. Hubo vecinos evacuados y jornadas interminables para quienes trabajaron en la emergencia. Por eso, ver ahora sus plazas llenas tendrá un valor especial.

La Comunidad de Madrid tiene más de siete millones de habitantes, pero todavía conserva lugares donde una fiesta no es un evento más: es la fiesta. Donde se sabe quién prepara la carroza, quién organiza la peña y quién lleva toda la vida colaborando con la romería. Esa forma de vivir, de conocerse y de hacer pueblo también es Madrid.

Eso es fundamentalmente la razón de ser de nuestro ilusionante programa de Pueblos con Vida, que nace en la Comunidad de Madrid para apoyar y revitalizar nuestros municipios más pequeños. No queremos pueblos conservados como piezas de museo, sino pueblos habitados, abiertos, con comercios, bares, familias, asociaciones y calles llenas. Las fiestas forman parte de su identidad, pero también de su economía. Durante esos días trabajan la hostelería, el comercio, los alojamientos, los feriantes, los músicos y muchos pequeños negocios. Porque una plaza llena también genera empleo.

Pero, sobre todo, una plaza llena significa que hay vida.

Quizá este año, cuando empiece a sonar la música en alguna plaza de nuestra Sierra Oeste, alguien recuerde que unas semanas antes lo único que se escuchaban eran sirenas.

Seguramente de eso va también reconstruir: de conseguir que un pueblo vuelva a sonar como un pueblo.

Las fiestas tienen, además, otra virtud: nos vuelven a juntar. En tiempos en los que algunos se empeñan en levantar muros entre unos y otros, una plaza llena hace exactamente lo contrario: nos reúne. Podemos pensar distinto y seguir compartiendo tradiciones, celebraciones y un lugar al que sentimos como nuestro. Eso también es hacer pueblo.

Y las fiestas nos recuerdan también la importancia de conservar. Una romería, una procesión, una receta que se prepara una vez al año, una música, un baile o una costumbre que ha pasado de generación en generación siguen existiendo porque alguien se ocupa de mantenerlos vivos y alguien aprende a continuarlos.

Ahí también tenemos una responsabilidad las administraciones. Queremos que nuestros pueblos avancen, pero también ayudarles a conservar aquello que los hace únicos.

Y mientras nuestros pueblos se preparan para celebrar, no puedo olvidarme de una ciudad española que este verano ha vivido una realidad bien distinta. Ceuta se ha visto obligada a suspender su Feria. Y también sus Fiestas Patronales en honor a Santa María de África, ante la gravísima situación provocada por la entrada masiva de inmigrantes desde Marruecos.

Y las consecuencias van mucho más allá de una semana sin celebraciones. La Cámara de Comercio de Ceuta calcula que solo la suspensión de las fiestas ha supuesto 10,2 millones de euros de actividad económica perdida, entre hostelería, comercio, hoteles, taxis, proveedores y otros servicios. El impacto de la crisis sobre la economía ceutí podría alcanzar pérdidas superiores a los 30 millones de euros, solamente durante el mes de agosto. Detrás de esas cifras hay establecimientos que han visto desplomarse su facturación, empresarios que habían invertido y contratado para esos días y muchas familias que llevaban meses esperando unas fiestas que forman parte de la vida y de la identidad de la ciudad.

Las pérdidas económicas son enormes. Pero no lo cuentan todo.

Ceuta ha visto alterada su vida cotidiana hasta el punto de tener que renunciar a una de sus principales celebraciones. Y eso debería hacernos pensar también a quienes estos días tenemos la suerte de ver cómo vuelven a llenarse las plazas de nuestros pueblos.

Porque las fiestas pueden parecer algo secundario hasta el día en que no se pueden celebrar. Entonces comprendemos que detrás de una verbena, una romería o una plaza llena hay mucho más que música y celebración. Hay normalidad, seguridad y libertad para vivir como siempre hemos vivido.

Y por eso merece la pena cuidarlo.

 

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