Últimos días del hombre hueco
Maestro consumado de la simulación, ni siquiera el beso a su esposa, frío e impúdico, tuvo en su ejecución detalle alguno de autenticidad: una mirada indiferente, un abrazo gélido, unos párpados caídos. Todo en él es mercancía; todo en él tiene un propósito que empieza y termina en sí mismo. Da igual que hablemos de las más sólidas instituciones del Estado, o lo que queda de él. Usar y tirar. Un Estado de consumo propio. El hombre hueco lo vacía todo. Si es preciso agitar la violencia, la pone en juego; si tiene que usar a una pícara anciana que pretende seguir viviendo del cuento, la introduce en el guion.
Redondo, Iván, le enseñó a manejar las pasiones y a combinar los sentimientos para empañar la razón. Que la gente no piense, que los electores solo tengan el pálpito sensacional de la lágrima fácil, la indignación irracional. Redondo, ese hombre que sembró su bruñida calva con un seto tupido. Un hombre que no puede llevar con dignidad su cabeza desnuda es un hombre acabado. Pero como brujo de Sánchez ha tenido su recorrido, y todavía comparece por las televisiones para decir que al hombre vacío le queda una oportunidad, que puede remontar y ser el más votado. Lo cifra todo en la confusión.
Pero a Sánchez las cañas se le vuelven lanzas. Todo problema ha sido agravado durante su mandato, y reclama cuatro años más para solucionarlo. Toda institución ha sido corrompida, asaltada, pisoteada, utilizada, prostituida. Y aquí llegamos al corazón ético del personaje. De las saunas a las urnas. Del lupanar al poder, de los besos comprados a los besos vendidos, de la mujer que pasó de cajera de clubes de alterne a catedrática.
Los Rochos, ese clan pacense de gentes turbias son más decentes que el personaje que nos gobierna. Por eso se negaron a echarle una mano y rechazaron “darle un toque” (como diría Pachi López, esa eminencia) a la juez que investigaba al hermano. Un ejemplar.