La Cruz y lo cotidiano
Es primavera. La Luna ya ha comenzado a crecer, en su anuncio eterno de que volverá a acompañarnos plena la noche del Jueves Santo, bañando la Tierra tal como lo hiciera hace dos mil años, cuando su luz alumbró el huerto de Getsemaní donde Jesús de Nazaret fue prendido y comenzó su Pasión. Una Cruz de madera clavada sobre el Monte Gólgota fue testigo de la última mirada de Cristo a los cielos y del último aliento que exhaló su cuerpo.
Es tiempo de Semana Santa y la devoción y el fervor inundan nuestros pueblos y ciudades. Por callejuelas estrechas, algunas con cuestas muy empinadas, sobre el frío suelo empedrado caminan los pies descalzos de penitentes que también desnudan sus almas. Túnicas de raso y terciopelo, negras, verdes y moradas van flanqueando los pasos, al toque de la campana.
Cada municipio revive la tradición de sus celebraciones litúrgicas y de sus procesiones. La algarabía de las palmas el Domingo de Ramos; la traición de Judas por un puñado de monedas de plata y el prendimiento del Nazareno; Jesús cativo con las manos amarradas, coronado con espinas y descarnada la espalada; escupido e insultado, comienzo de su Pasión más amarga. Sobre su ya maltrecha espalda va cargando una Cruz de madera, es demasiado pesada. Sonido de clavos que hieren sus manos, el chasquido de la madera al ser levantada, un último aliento son sabor metálico y una humilde mirada al Cielo, resignada pero cargada de esperanza. Al unísono se funden la tierra, la Cruz y el Cielo. El firmamento negro ruge y la tierra tiembla y se rompe, como el corazón de María que se aferra al cuerpo inerte de su Hijo. Silencio y lágrimas. Incienso y aceites perfumados. Impolutas sábanas blancas. Esperamos que la luz venza sobre las tinieblas. Por ello rezamos.
Cada hombre reza a su manera, pero en estas fechas, en los pueblos y en las ciudades, todos aúnan devoción y esfuerzo para mantener viva la llama de la fe y la tradición cristiana. Hombres y mujeres se hermanan en cofradías para que la Pasión no muera. Durante meses las bandas ensayan sus marchas de Semana Santa, los costaleros preparan sus ropas austeras, los cofrades los cirios, las flores, los estandartes… Y en las plazas de algunos pueblos, en el silencio de las frías noches de invierno se escuchan las voces de vecinos que transformados humildemente en actores dan vida a las pasiones vivientes que estos días, al fin se representan. Son las pequeñas y grandes cosas cotidianas que mantienen viva nuestra historia y nuestra esencia como pueblo. Nuestra fe y nuestra esperanza.
Llegó el tercer día. Es domingo y la luz venció sobre las tinieblas. Nuestras plegarias renuevan, de nuevo, su recompensa eterna: Cristo ha resucitado.
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