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Cómo mueren las democracias

Cómo mueren las democracias

 

A principios de los 80, Jean-François Revel escribió “Cómo terminan las democracias”, una advertencia sobre la penetración del totalitarismo comunista en las democracias occidentales y los riesgos que corrían aquellos que pensasen que conquistar la democracia era el final del camino, y no que era necesario defenderla cada día. Cuarenta años después, los profesores de Harvard Levitsky y Ziblatt han actualizado la pregunta para cuestionarse cómo mueren ahora mismo las democracias.

La conclusión es que ya no se lleva el golpe de estado militar donde una democracia es sustituida por una dictadura en un momento concreto, pistola en mano, vehículos militares, quieto todo el mundo, y ya está. En el siglo XXI las democracias mueren poco a poco por la corrosión que ejerce el populismo sobre las instituciones. El progresivo debilitamiento de la arquitectura legal e institucional de un país funciona además como un narcótico que evita el sobresalto y la reacción que se produce cuando percibimos un riesgo inminente. En este siglo, cuando un pueblo ha sido consciente del problema, ya no tenía mucho margen para solucionarlo.

Solo han pasado cinco años desde aquel 2016 en el que algunos miembros del PSOE acusaron a Pedro Sánchez de poner en peligro a un partido centenario por sus intereses personales. La ambición de Sánchez sufrió un duro revés en ese momento al fracasar su estrategia para retener el control del partido socialista con una votación irregular tras una cortina, y el PSOE terminó echándole para intentar rearmar un proyecto político que no querían entregar a la extrema izquierda y al independentismo.

Sin duda, subestimaron la capacidad de resistencia de un hombre sin ningún límite moral, que terminó regresando ocho meses después para eliminar a continuación cualquier disidencia interna. Él entendió entonces que los militantes socialistas habían avalado la posición de alcanzar el poder a cualquier precio, y eso incluyó tal colección de mentiras y traiciones que sería un abuso tratar de compilarlas todas en esta página. Solo mencionaré, como recordatorio rápido, que Sánchez aseguró categóricamente que nunca tendría a Podemos en el gobierno porque no podría dormir tranquilo, que jamás haría descansar la gobernabilidad de España sobre los independentistas, que pactar con Bildu era una línea roja que jamás traspasaría, o que los condenados por el golpe de Estado en Cataluña cumplirían íntegramente sus condenas.

Ya sabemos que no cumplió ninguna de esas promesas porque alcanzar el poder era mucho más importante para él, pero su ambición ha traído consecuencias muy graves para España. Cuando el presidente no respeta ni su propia palabra, y mete en el gobierno y en la “dirección del Estado” a comunistas, populistas, independentistas y herederos de ETA, es fácil que empiecen a aparecer grietas en las instituciones.

Conocemos el daño que ya ha hecho a la credibilidad de TVE, del CIS o de la Fiscalía General del Estado. Hemos sufrido la indignidad de ver cambiar presos asesinos por votos. Somos conscientes del golpe que ha sufrido España en sus relaciones internacionales por la tendencia del gobierno a insultar a nuestros aliados y compadrear con narcodictaduras caribeñas. También sabemos cómo secuestró ilegalmente al parlamento nacional, cómo decretó dos estados de alarma inconstitucionales, y cómo coartó específicamente los derechos de todos los madrileños para alimentar sus intereses políticos. Y no hablemos de cómo usa el dinero de todos, españoles y europeos, para comprar voluntades.

Ahora, los comunistas de Podemos, que no se creen sujetos a norma alguna, han arremetido también contra el Tribunal Supremo de España y contra la presidenta del Congreso, indignados porque el primero haya certificado los delitos de uno de sus integrantes, y la segunda haya hecho cumplir la sentencia condenatoria. Y los protagonistas de esta historia no han sido unos simples militantes de base antisistema, sino un diputado nacional que pateó a un policía y una ministra que ha acusado abiertamente de prevaricación a la cúpula del poder judicial.

La corrosión de las instituciones del estado se acelera con Podemos, pero Podemos no es la enfermedad sino el síntoma. La enfermedad es Pedro Sánchez y el doctor es el pueblo español que le sacará muy pronto de la Moncloa para que acompañe al comunismo en el vertedero de la historia.

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Carlos Díaz-Pache

  Director General de Cooperación con el Estado y la Unión Europea de la Comunidad de Madrid